miércoles, mayo 28

Daños espirituales

Cuando uno es niño aprende paulatinamente a meter las manos cuando empieza a gatear, cuando ocasionalmente después de un mal movimiento puedes o no puedes golpearte en la cara o en cualquier parte del cuerpo en el caso de una caída.

Conforme vamos creciendo, vamos aprendiendo a qué más cosas nos hagan daño, desde escuchar un tono alto en el modo de hablar de nuestros padres, hasta sus desaveniencias, y ya no digamos de escuchar las quejas o gritos que se desprenden de una pelea paternal. Cada uno de esos ejemplos te va haciendo daño de una o de otra manera, en ocasiones unos dominan o pesan más que otros.

En mi muy personal caso, me he cortado, me he abierto la cabeza, he sufrido contusiones serias y casi muero de ahogamientos por asma. Con el tiempo me he dado cuenta que algunas cosas pueden lastimarte físicamente y ¡vaya que duele!, pero en realidad, los daños más grandes y fuertes son aquellos que lasceran y lastiman el espíritu.

En el espíritu radica tu forma de responder ante las tribulaciones, la forma y actitud con la que enfrentas el mundo y tus problemas, tu sonrisa, tu risa y muchas otras cosas más se encuentran en ese lugar. Hoy me doy cuenta que tengo demasiado daño en ese rubro, y que día con día con los distintos detractores que se me presentan se hastía más mi corazón y mis ánimos de seguir, y ¡es que es tan difícil no dejarse llevar por los factores desmotivantes!, es tan difícil no claudicar ante los más oscuros momentos de nuestra vida.

Por eso mismo lo reitero, ojalá que ese daño tarde que temprano cese, porque cansa demasiado y no deja ser lo mejor que uno puede ser...

1 comentario:

paola dijo...

No hay daño que duré 100 años... ni quien los aguante. La vida es hermosa, hermoso y como dice cerati: mereces lo que sueñas.

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